"Era una de
esas soleadas mañanas de la primavera limeña, en que los geranios amanecen más
arrebatados, las rosas más fragantes y las buganvillas más crespas, cuando un
famoso galeno de la ciudad, el doctor Alberto de Quinteros –frente ancha, nariz
aguileña, mirada penetrante, rectitud y bondad en el espíritu– abrió los ojos y
se desperezó en su espaciosa residencia de San Isidro. Vio, a través de los
visillos, el sol dorando el césped del cuidado jardín que encarcelaban vallas
de crotos, la limpieza del cielo, la alegría de las flores, y sintió esa
sensación bienhechora que dan ocho horas de sueño reparador y la conciencia
tranquila.
Era sábado y, a menos de alguna complicación de último momento con la señora de los trillizos, no iría a la clínica y podría dedicar la mañana a hacer un poco de ejercicio y a tomar una sauna antes del matrimonio de Elianita. Su esposa y su hija se hallaban en Europa, cultivando su espíritu y renovando su vestuario, y no regresarían antes de un mes. Otro, con sus medios de fortuna y su apostura –sus cabellos nevados en las sienes y su porte distinguido, así como su elegancia de maneras, despertaban miradas de codicia incluso en señoras incorruptibles–, hubiera aprovechado la momentánea soltería para echar algunas canas al aire. Pero Alberto de Quinteros era un hombre al que ni el juego, ni las faldas ni el alcohol atraían más de lo debido, y entre sus conocidos –que eran legión– circulaba este apotegma: "Sus vicios son la ciencia, su familia y la gimnasia".
Era sábado y, a menos de alguna complicación de último momento con la señora de los trillizos, no iría a la clínica y podría dedicar la mañana a hacer un poco de ejercicio y a tomar una sauna antes del matrimonio de Elianita. Su esposa y su hija se hallaban en Europa, cultivando su espíritu y renovando su vestuario, y no regresarían antes de un mes. Otro, con sus medios de fortuna y su apostura –sus cabellos nevados en las sienes y su porte distinguido, así como su elegancia de maneras, despertaban miradas de codicia incluso en señoras incorruptibles–, hubiera aprovechado la momentánea soltería para echar algunas canas al aire. Pero Alberto de Quinteros era un hombre al que ni el juego, ni las faldas ni el alcohol atraían más de lo debido, y entre sus conocidos –que eran legión– circulaba este apotegma: "Sus vicios son la ciencia, su familia y la gimnasia".
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