Se iba apagando el día entre las piedras
húmedas de la ciudad, a sorbos, como se consume el fuego en la ceniza. Cielo de
cáscara de naranja, la sangre de las pitahayas goteaba entre las nubes, a veces
coloreadas de rojo y a veces rubias como el pelo del maíz o el cuero de los
pumas. En lo alto del templo, un vigilante vio pasar una nube a ras del lago,
casi besando el agua, y posarse a los pies del volcán. La nube se detuvo, y tan
pronto como el sacerdote la vio cerrar los ojos, sin recogerse el manto, que arrastraba
a lo largo de las escaleras, bajó al templo gritando que la guerra había concluido.
Dejaba caer los brazos, como un pájaro las alas, al escapar el grito de sus labios,
alzándolos de nuevo a cada grito. En el atrio, hacia Poniente, el sol puso en
sus barbas, como en las piedras de la ciudad, un poco de algo que moría...
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